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Carlos Morochz

Carlos Morochz no duerme más con sus botas.  El gerente de expediciones de Mashpi Lodge de 30 años admite que hubo un tiempo en el inicio de su carrera en la reserva, donde usaba sus botas de trabajo incluso en la cama, por si acaso.

“¡Soy un hombre de botas!” explica. “Yo solía usarlas para montar a caballo. Amo las botas. Me siento protegido cuando las traigo puestas. Atraigo más chicas cuando llevo botas…”.

Por su afinidad a las afueras, se podría pensar que Carlos nació en la selva y que fue criado por lobos, pero de hecho el creció en la capital ecuatoriana, Quito. Padre arquitecto, madre ama de casa, dos hermanas. Su amor a la naturaleza vino de sus abuelos.

“Ellos siempre hacían tiempo para que sus nietos disfrutaran de la naturaleza y tenían caballos. De hecho, fue esa conexión con los caballos la que influenció todo”, dice.

Luego de acabar la escuela, Carlos estudió biología en la Universidad San Francisco de Quito, una nueva carrera que contaba con tan solo un puñado de estudiantes.

“Siempre quise hacer algo diferente al resto de personas. El curso me dio buenas bases, en terminología, pero la biología real se da en el campo. Han habido momentos en los cuales he arriesgado mi vida en nombre de la biología, con serpientes venenosas y con ramas que caen de los árboles.”

Los estudios de Carlos pronto lo llevaron a la selva, para buscar al esquivo pájaro paraguas en su ambiente, para su tesis. Después de dos meses lo localizó en el lado bajo de una montaña en el pueblo 23 de Junio, con la ayuda de un guía local.

“He aprendido a encontrar el Tesoro” dice. “ Y también he tenido que aprender a sobrevivir en el bosque, en la lluvia, en el frío, sin dormir, trabajando a todas horas. Aprendí a meterme en el lodo. ¡El regalo de ensuciarse! ¡No hay nada como eso!”

Poco después de terminar su carrera, Carlos decidió que quería ver al pájaro mítico nuevamente y otras criaturas raras, esta vez en Mashpi, y realizó una propuesta a los fundadores, incluyendo al ex alcalde de Quito, Roque Sevilla, para iniciar la investigación.

Una vez en Mashpi Carlos dio una primera impresión muy extraña:  la de un niño flaco de la ciudad llegando  a través del camino de tierra en su 4×4, armado solamente con una carpa, sus botas y un entusiasmo loco por  todas las cosas que se arrastraban y crujían.

Conoció a Franklin (ahora un guía natural en Mashpi), quien había pasado de cazador de armadillos a guardia forestal viviendo en su cabañita de madera. El equipo de la casa estaba recién en construcción y para el hotel la tierra estaba siendo apenas aplanada.

En su primera noche todos los trabajadores (incluyendo Franklin), desaparecieron a sus casas cerca de las comunidades. Carlos se quedó a dormir solo en la reserva.

“Dormí en mi carro y empecé el día siguiente a las 4:30. ¡imagínate dormir aquí en el hotel completamente solo!” Se ríe. Bajó por el único camino que existía en ese tiempo (en ese tiempo se conocía como Limones, ahora se llama Capuchín) cuesta abajo donde se encuentra ahora el Centro de Vida.

En el primer día descubrió que todos los pájaros debían ser encontrados, incluyendo el pájaro paraguas (el mismo que le costó dos meses encontrarlo para su tesis), y también el misterioso gallo de la peña, así como el mono capuchino, algo que el sólo había visto siete veces en su vida.

“Después de eso pase cuatro meses escuchando, caminando a través de la reserva, buscando lekes solo.”

¿Le dio miedo? “Estaba un poco asustado de lo desconocido.”

Cuando el proyecto terminó después de cuatro meses, Carlos empezó a buscar un nuevo trabajo, la posibilidad de trabajar de planta en el hotel parecía un sueño con poca probabilidad. Pero después de que le mostró a Roque la cámara trampa (un regalo de su abuelo), y las increíbles imágenes de tigrillos y otros mamíferos que había encontrado, nació un nuevo propósito: descubrir la vida salvaje en Masphi. Mashpi trajo dos cámaras y Carlos empezó un nuevo proyecto: la casa de las mariposas.

Es imposible hablar de los logros en la conservación de Carlos – y Mashpi – sin mencionar la rana de Mashpi, una nueva especie descubierta por el Residente de Biología, endémica de la reserva.

“Desde que era chiquito, siempre quise encontrar algo nuevo” dice. “Pero esto fue una colaboración. Mucho en la biología está escondido, secreto. La ciencia no debería ser egoísta. Todos deberíamos compartir la información para proteger el bosque.”

También está la Mashpi Magnolia, y Carlos estima que de 10 a 15 nuevas especies aparecerán.

Aunque su mirada está firmemente entrenada en la vida silvestre, Carlos tiene otro objetivo claro para su tiempo en Mashpi: cambiar las vidas de la gente.

“Una vez hice un curso sobre aves dado por un hombre que nunca había estudiado, nunca había ido a la escuela o aprendido sobre biología. Y aprendí mucho de él. Así que desde entonces decidí que quería dar a otras personas las mismas oportunidades que he tenido, compartiendo los conocimientos que tengo”, explica.

Carlos se dedicó a involucrar a la población local en los proyectos, empleándolos como guías  en la Casa de las Mariposas. Él los entrenó cuidadosamente y les pidió que difundieran el conocimiento. Ahora, alrededor del 80 por ciento de los empleados de Mashpi provienen de comunidades locales.

Según Carlos, esto es clave para la conservación del bosque nublado;  la integración de las comunidades locales en el proyecto. Él cree en la toma de conciencia entre los diferentes grupos que han hecho de la zona su hogar.

“La gente aquí es colonialista, no es una comunidad integrada. Necesitamos cambiar sus ideas sobre la agricultura e introducir un plan de sostenibilidad a largo plazo. ¡Tenemos que hacer que se sientan orgullosos del bosque nublado!”.

En cuanto a los planes futuros, Carlos está dispuesto a ampliar el proyecto en toda la región: “La conservación no funciona si somos una isla”.

El  objetivo inmediato es que la investigación se convierta en parte de la experiencia de los huéspedes en Mashpi Lodge, y además desarrollar el departamento científico.

“Esto es lo más importante para mí. Quiero interacción entre biólogos e invitados, para que los huéspedes se sientan como parte de este programa”, añade.

Carlos no puede elegir un lugar favorito en la reserva, pero admite que los paseos por los ríos durante la noche son lo que más le emocionan.

“Me gusta el hecho de que solo tengas un punto de vista para que te enfoques más. He tenido más hallazgos en la noche que en el día.
Y siempre y cuando tenga sus botas de confianza, mojarse es la cereza del pastel.

6 comments on “Carlos Morochz

[…] Lea más sobre Carlos […]

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[…] sus colaboradores está Carlos Morochz, jefe de expediciones del lodge y anteriormente coordinador del proyecto de vida silvestre del […]

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[…] Carlos Morochz, un estudiante recién graduado de la Universidad San Francisco de Quito, fue contratado como biólogo residente en 2010 para conocer los secretos de sus bosques y descubrir qué vida silvestre se escondía en ella, mapeando los sitios que pudieran convertirse en senderos y que los huéspedes pudieran utilizar para explorar el entorno. Durante meses, el naturalista incursionó en las profundidades de este hermoso bosque, durmiendo en tiendas de campaña y descubriendo los animales, pájaros y árboles que lo hacían tan único. Morochz comenzó el proyecto de cámaras trampa que revela comportamientos y, en algunos casos, la misma existencia de algunos de los animales más raros de esta bioregión. […]

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[…] Por: Juan Carlos Narváez y Carlos Morochz […]

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[…] las observaciones del equipo científico de Mashpi Lodge, dirigido por Carlos Morochz, la Magnolia de Mashpi florece entre marzo y abril, y da frutos entre septiembre y octubre. Se cree […]

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[…] de antemano y podemos organizar tareas especiales con el jefe de expediciones y biólogo residente Carlos Morochz, ayudando en el laboratorio con las cámaras trampa u otro proyecto de […]

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