La Magia de Mashpi

Por: Dominic Hamilton

Cuando era niño, el esposo de una au-pair que teníamos en casa solía realizar trucos de magia. Era tan solo un aficionado. Nos reuníamos alrededor de la mesa de comedor después del almuerzo o cena, mi hermana, mi hermano y yo. Al frente de nosotros, empezaba a barajar las cartas para que escogiéramos una, o hacía trucos de ilusión con las manos. Tenía mucho talento (al menos, eso pensaba).

Visitar Mashpi Lodge me recuerda al sentimiento de asombro que sentía en ese entonces: la sensación de admiración, una mezcla de deleite e incomprensión total, como también la eterna pregunta, ¿cómo hizo eso?

La respuesta en el caso de un mago es, obviamente, la ilusión: trucos que engañan al ojo y al cerebro en creer que mágicamente aparecían monedas detrás de la oreja, o que se podían encontrar cartas específicas en una baraja de 52.

La magia de Mashpi es distinta. La respuesta a ¿cómo hizo eso? es científica. La ciencia ha respondido muchas de nuestras preguntas. Las explicaciones lógicas para los fenómenos naturales han hecho de nuestro mundo entendible, medible, y lo ha traído todo hacia un espectro que logramos comprender, sin importar su complejidad. Pero también hay un punto cuando lo pragmático y lo cartesiano se difumina y desaparece frente a la magnificencia que uno tiene enfrente. Y uno se queda con nada más que asombro y duda.

Por ejemplo, las nubes. Amo las nubes. Ver nubes en Mashpi es posiblemente uno de los mayores deleites que he experimentado en la última década de vida en Ecuador. Las nubes son mágicas. Las nubes son magia. No siento ninguna vergüenza de volverme romántico o “hippie” cuando se trata hablar de mi amor por las nubes.

Las nubes en Mashpi juegan a las escondidas con los árboles, con las montañas, con las lomas y con los valles. Se forman, se dispersan y desaparecen. Ahogan, enceguecen, restituyen. Suben, flotan, giran. Bailan el baile de la vida.

La explicación científica para este baile yace en la altitud y los efectos de condensación. La parte más alta de la reserva de Mashpi Lodge está en lo que los científicos llaman un bosque nublado o bosque montano de elevación. Bosques tropicales ubicados a menor elevación se denominan bosques lluviosos o “húmedos tropicales”. Aquí, al oeste de las pendientes andinas, el ecosistema está bajo la influencia del océano Pacífico y sus corrientes. Los vientos que soplan del Pacífico cargan aire húmedo, el resultado de la evaporación sobre la superficie del mar. El aire toma su largo camino hacia el continente, avanzando sobre los bosques y plantaciones de la provincia de Esmeraldas.

Finalmente, mientras empujan hacia el este, las nubes se encuentran con los gigantescos taludes de la cordillera andina, la cordillera más larga del mundo, que recorre longitudinalmente la costa de Sudamérica, desde Tierra del Fuego hasta Venezuela. Cuando el húmedo aire tropical se encuentra con estas montañas, empieza a trepar. Mientras trepa, se enfría. Mientras se enfría, las moléculas de agua se combinan, formando moléculas más grandes, las cuales, desde nuestra percepción, toman la forma de nubes. Dependiendo de la presión climática del día, la evaporación del bosque, gracias al sol, puede crear sus propias nubes dentro de la reserva. Las nubes se unen y mezclan para formar gigantescas formaciones nubosas de lluvia que botan su contenido sobre el bosque.

La bio-región del Chocó (a la que pertenece la reserva Mashpi) es uno de los lugares más lluviosos del planeta. Aquí llueve perros, gatos y pumas. En Central Park de Nueva York, llueve 1,2 metros al año, más o menos lo mismo que en las islas británicas. En Mashpi, la lluvia alcanza más de 6 metros. En pocas palabras, llueve más o menos cinco veces más en estos bosques. Eso es mucha agua.

Esta mágica danza molecular pasa todos los días en Mashpi.

Como pudimos ver, todo puede ser explicado con la ciencia. Pero en palabras del barón Alexander von Humboldt (de su magnífica obra Cosmos):

De las nébulas más remotas y estrellas giratorias, hemos descendido a los más pequeños organismos de la creación animal, ya sean manifestados en las profundidades del océano o en la superficie de nuestro globo, y a los delicados gérmenes vegetales que visten la declividad desnuda de la cumbre de la montaña coronada de hielo; y aquí hemos sido capaces de ordenar estos fenómenos de acuerdo con leyes parcialmente conocidas; pero otras leyes de una naturaleza más misteriosa gobiernan las esferas superiores del mundo orgánico, en las que está comprendida la especie humana en toda su variada conformación, su poder intelectual creador y las lenguas a las que ha dado existencia. La delimitación física de la naturaleza termina en el punto donde la esfera del intelecto comienza, y un nuevo mundo de la mente se abre a nuestra vista. Marca el límite, pero no lo traspasa.

Hay un punto donde el “orden del fenómeno” no es suficiente para explicar el misterio. No soy ningún científico, como el gran Humboldt, por lo que mis experiencias en Mashpi siempre han sido vistas desde mi perspectiva inocente, ignorante, romántica de la naturaleza, que, inevitablemente, fundamentalmente, las vuelven inexplicables.

El paseo en La Libélula de Mashpi es un ejemplo. Fui testigo de la construcción de esta maravilla de la ingeniería en el 2012. Vi el esfuerzo humano que construyó este teleférico a través de un tupido bosque. Fueron docenas de hombres; torres de acero; metros y metros de cables; sacos y sacos de cemento; montañas de ripio. El trabajo para crear la tarabita de dos kilómetros de largo tomó meses por culpa de la lluvia y el lodo de la reserva. Todo fue manejado con el mayor respeto hacia el ambiente forestal en el cual fue construida.

La tarabita se estira a través de un hermoso pedazo de bosque. Uno viaja en una góndola de metal, abierto a los elementos a tu alrededor, silencioso en el momento en que la góndola pasa por una torre. Silenciosamente la góndola se desliza, a veces sobre el dosel, a veces a la altura de los árboles, a veces sobre torrentosos ríos y sus estruendosas cascadas.

Es difícil describir el sentimiento de cernirse sobre el mundo en esta Libélula. No es volar. Es más parecido a flotar, viajar con una ligereza inexplicable. Como un sueño que apenas puedes recordar al despertar. El sueño de volar. Un sueño que, una vez que se termina la experiencia, no estás muy seguro de haberla vivido. Más magia.

La Libélula te permite apreciar el bosque desde muchos ángulos, lo que se vuelve bastante conveniente a lo largo de senderos largos, atravesando ríos, creando una percepción única frente al ecosistema determinada por la altura a la que estás, y que es relativa a los árboles y plantas que observas desde lo alto.

Esta percepción, de repente, cambia drásticamente y se transforma. Las sombrías hojas que solo eran siluetas contra la luz del cielo, se dan la vuelta para revelar su esencia verde. La diversidad de árboles, que no puedes identificar desde el suelo del bosque, revelan sus verdaderos tamaños, colores y texturas.

El efecto de la góndola es panorámico en medio de las montañas de Mashpi. Si el paisaje fuera plano, también te inspiraría asombro. Pero la reserva es una tierra de colinas y valles, picos y mesetas… todo menos plano. Mientras la góndola se desliza, el paisaje se reinventa constantemente. Me hace pensar en un tíovivo, donde todo es determinado por la posición de la mirada. Es una cosa apreciar el bosque desde un punto estático como la torre de observación de Mashpi. Pero es otra muy distinta la de viajar, cambiando tu punto de vista u perspectiva constantemente.

Para sumar a este efecto están mis amigas las nubes. El clima en Mashpi es tan dinámico, tan cambiante. Es imposible de predecir. Esto hace del paseo en La Libélula mucho más emocionante. Es raro viajar bajo el sol. El sol es una rareza en Mashpi. Para añadir a la sensación de constante cambio de percepción causado por el movimiento de la góndola, la tierra misma cambia y se reinventa. Solo los bosques nublados pueden sumar esta nueva capa de magia a la experiencia.

Suspiros de nubes se mueven entre los ganchos del dosel. Formaciones flotantes literalmente toman forma frente a nuestros ojos. Luego desaparecen. En un valle vecino, un color grisáceo que recubre la panza de un grupo de nubes indica que lluvia cae. Más impresionante aún es el hecho de que puedes flotar dentro de estas nube, y ser sofocado en una blancura de sonidos, donde el ojo lucha por encontrar un punto de referencia más allá del verde metálico de la góndola, solo para reaparecer otra vez al otro lado, el mundo de repente retomando su detalle y color. Dime si eso no es magia pura.

Mi amor por las nubes y la magia puede ser sentido en cualquier lugar de Mashpi. En el segundo piso del lodge, hay una ventana esquinera que mira hacia el oeste a través del valle y sus colinas, donde se refleja la inteligencia de los diseñadores al ubicar en el lugar este elegante lounge: idóneo para ver las nubes.

Acostado en la cama temprano en la mañana, con el brillo del amanecer en medio de un profundo mundo de troncos y hojas y ramas y lianas, la visión parece primitiva. Las ventanas, que en Mashpi van desde el suelo hasta el techo, le permiten a uno permanecer acostado entre las sabanas y simplemente mirar afuera. A veces, el bosque está quieto, con un ocasional aleteo de un pájaro o el giro de una hoja que cae. A veces está cambiando, evolucionando, mientras las nubes vienen y borran lo que hace segundos veías con nitidez.

Uno de mis lugares favoritos para observar esta danza molecular es desde la terraza del Centro de Vida. La estructura yace al noreste del lodge, siguiendo la ruta principal y luego entrando por un sendero en el bosque. Fue construida principalmente para el mariposiario del lodge, un lugar para la ciencia y para que los huéspedes descubran más sobre el increíble mundo de las mariposas y polillas que habitan la reserva. Después de una primera y básica construcción, una terraza circular fue añadida al lado del edificio, que brinda un maravilloso lugar del cual se puede observar el bosque. Parte del bosque aquí fue talado antes de que la reserva fuera creada. Este espacio abierto es rodeado de unas cuantas palmeras y árboles, el lugar ideal para observar aves, y para mí, un sitio de relajación… un sitio para apreciar la magia.

Ves, ¡es mágico!

Tal vez al leer todo esto pensarás que solo estoy interesado en las nubes. Pero asombro y magia pueden ser hallados en todos lados en Mashpi. El laboratorio de ciencia, por ejemplo. Aunque la investigación científica ha sido parte fundamental del proyecto Mashpi, el laboratorio es uno de los atractivos más nuevos de la experiencia.

Aquí, Andrea Tapia y su equipo nos empiezan a explican los numerosos proyectos que han emprendido desde la fundación de la reserva. “Empiezan” porque puedes pasar días enteros con ellos y solo ver un pedazo de todo lo que se ha hecho aquí en Mashpi.

El aspecto más nuevo del laboratorio es la exhibición de las colecciones del equipo a través de los años. Aunque sabía de este trabajo desde mis visitas anteriores (y supongo que he visto algunos de estos animales en mis exploraciones), no creo que nada me preparó para una belleza semejante.

Tal vez debemos citar a nuestro amigo Alexander von Humboldt de nuevo:

Nuestra imaginación es golpeada sólo por lo que es grande; pero el amante de la filosofía natural debe reflejar igualmente en las cosas pequeñas.

Entonces mientras hay grandeza en las vistas, en el brillo del salón del bosque y las nubes, aquí en el laboratorio de ciencia las pequeñas cosas brillan: el gigante cuerno de un escarabajo, el imposible azul de una mariposa morfo, los cambiantes tonos de metálicos de docenas de abejas y avispas, la perfección transparente de la estructura del ala de una Dobsonfly, el inteligente camuflaje de las polillas (cuyas alas parecen ojos)…

Aquí están las pequeñas cosas en todo su esplendor. Pero su belleza es tal vez magnificada más por el hecho de que estamos observándola dentro de un contexto de investigación científica, no aleatoriamente en la caja de un coleccionista. La búsqueda de conocimiento con el objetivo de conservación y de un bien mayor es lo que motiva al equipo. El objetivo principal del proyecto Mashpi fue siempre la conservación. Carlos Morochz, biólogo residente, a quien puedes conocer como Gerente de Expedición de la reserva, fue contratado mucho antes de que la primera piedra del lodge fuera colocada. Esta iniciativa está más presente que nunca y el laboratorio de ciencia es un de las formas que tiene el lodge de comunicar las maravillas de la reserva y la importancia de su bosque a todos aquellos que entran en contacto con él.

Hemos viajado en este artículo desde la visión de las nubes, a través del bosque a bordo de La Libélula, a través de las ventanas y miradores del lodge, hasta el trabajo científico de todos los días, encontrando magia donde sea que vayamos.

No importa si son las nubes, el comportamiento de las aves, el color de las mariposas, la interacción entre plantas e insectos o especies animales, los sonidos nocturnos de las ranas y sapos, la caída del agua de una hoja en cámara lenta, los raudos descensos de los ríos, el rizo de un helecho, la imposible cantidad de tonos verdes, el drama de las montañas… todo es mágico para mí.

Realmente, para citar a otro fanático de Humboldt, Charles Darwin: “hay grandeza en esta percepción de la vida.”

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