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Visiones del bosque 2

Muchos de los que se han quedado, comuneros que hoy atesoran la vida de selva en el noroccidente, pudieron haberse ido como tantos vecinos y amigos que emigraron a la ciudad buscando futuro.
Esto hubiera sido diametralmente opuesto a lo que hicieron sus padres, cuando tomaron la decisión de colonizar estos parajes que para el resto del mundo siempre se han ubicado en el medio de la nada.
Para aquellos que evitaron la tentación de irse, pues, esta es su casa.

En medio de una maraña de plantas y animales, haciendo camino con un machete todo terreno y botas de hule de cinco dólares que hacen obsoletos a los botines de aventura más caros del mercado, encuentran paz donde otros ven caos, y equilibrio, donde otros sienten temor.

«No hay nada», dice Luis Yánez con ojos vehementes, hijo de un colono que llegó a la zona en los sesenta, «que se compare con dejar el caserío y entrar por la puerta del bosque».
Despierta al amanecer con un coro de pájaros y ranas y un frenesí de prismas entre flores y luces matinales.
Sube y baja, escala y se deja resbalar por zanjas lodosas para movilizarse a través de las laderas, donde penden innumerables variedades de plantas y árboles, cada una equilibrista en su afán de sostenerse.
Luego de un día entero de romper camino con manos y pies, sintiendo el zumbido de los colibríes donde ya no pican los mosquitos, escuchando el lodo de sus huellas a su espalda, su sueño es profundo— nada lo podría despertar— ni siquiera el ulular de la lechuza sobre su techo de zinc.

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